jueves, 10 de noviembre de 2011

Huída

Manolo era un hombre de veintinueve años, alto, delgado y llevaba unas grandes gafas que le daban un toque muy personal. Se dedicaba al mundo del humor y cada vez actuaba más y su popularidad aumentaba. Hacía tres años que estaba casado con Raquel, una mujer maravillosa,  y los dos estaban muy unidos. Él la enamoró gracias a sus chistes sarcásticos y estuvieron saliendo durante cinco años. Pero un día el destino rompió el amor. Manolo murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso de cebra.

En un abrir y cerrar de ojos pasó todo. Era de noche y la pareja venía de ver una película cuando un coche deportivo, descontrolado y a toda velocidad, lo arrolló unos cuantos metros hacia adelante. Raquel se quedó petrificada. No se lo podía creer. En medio de la calzada estaba hecho un guiñapo el hombre que había compartido con ella muchos años de existencia, y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte.

Era un hombre mayor y degradado por el alcohol y las drogas. Raquel lo miró con rabia. Iba bebido y el humo de tabaco se podía llegar a oler desde la otra calle. El culpable miró a la mujer, la cual estaba en estado de shock. Fue corriendo hacia ella y gritando con voz ronca le dijo que no había sido su culpa, que ellos se pusieron en medio… La mujer asustada por el tono del conductor gritó y un vecino llamó al número de emergencias.  Pronto llegó la policía, y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo, la mujer estaba allí paralizada sobre el bulto ensangrentado que fue su compañero, mirando con los ojos perdidos al hombre que lo había matado, y cualquiera pudo imaginar sus sentimientos.

Sentía una mezcla de ira, tristeza e impotencia. El destino le jugó una mala pasada y ella no podía hacer nada. Por un momento pensó en la venganza, pero prefirió evitarla. En un mar de lágrimas, viendo como un desgraciado hizo que dejara de existir el hombre de su vida, cayó en una fuerte depresión. Al día siguiente en casa, desesperada, no sabía qué hacer. Volvió a sentir ese deseo de vengarse y esta vez fue diferente. Deseaba su muerte. Desde ese día decidió que ese hombre no merecía la vida pero ella guardó silencio hasta después del funeral. Cuando su marido descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bollos con chocolate en un bar.

Desde el día del accidente no había podido dormir, Raquel le explicó todo lo que sentía, y lo mal que lo estaba pasando. No descansaba desde hacía días porque siempre soñaba en el accidente. Parecía tan real que sufría cada vez más y su ira cada vez era mayor. Cuando le explicó lo que quería hacer, la amiga quedó realmente sorprendida. Le dijo que no estaba bien y que no lo podía hacer. Pero ya era tarde, Raquel iba a ejecutar su plan esa misma noche, estaba decidido.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Huida

Ella es la razón por la que me levanto cada mañana con una de mis mejores sonrisas, ella es mi ángel que me protege de todos mis males, ella me acompaña en mis fracasos y en mis éxitos, ella sigue queriéndome aun perdonándome mil veces...¿Como definir algo que no tiene palabras para lo maravilloso que es? Se trata de algo inexplicable, ella es todo cuanto necesito. Este gran sentimiento era recíproco , era todo perfecto porque nosotros estábamos juntos, pero lo que él no sabía era que lo malo estaba aún por llegar...

Murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso cebra. Teníamos preferencia nosotros para pasar. Anduve tanto esa magnífica tarde que me dolían mucho los pies. Decidí pararme con el objetivo de colocarme bien los zapatos de tacón, él no se dio cuenta y siguió el paso hasta llegar al final del paso cebra. Se giró y se dio cuenta que yo estaba allí insistiendo con ese dichoso zapato y que ya tenían preferencia los coches, es decir, el semáforo se puso de color verde para los vehículos. Yo, tan inocente, no me había dado cuenta de tal situación y seguía colocándome los zapatos hasta que vi un coche a lo lejos que iba excesivamente rápido. No sabía como reaccionar, me quedé helada. De repente, le vi a él, a mi querido yendo hacia mí con el objetivo de empujarme con todas sus fuerzas y poder salir de ese camino hacia la muerte pero él fue el único de los dos que no se pudo salvar.

En medio de la calzada estaba hecho un guiñapo el hombre que había compartido con él muchos años de existencia , y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte. El culpable iba tan borracho que no daba demasiada importancia a la situación. Bajó de su furgoneta con una camiseta de tirantes blanca manchada de comida y aceite , unos pantalones azules rotos y unos calcetines blancos destrozados en los que se le salían los dedos de los pies. Era un hombre muy repugnante , con solo verle y saber que fue él quien le quitó la vida a mi querido, me venían imágenes a la cabeza de como poder torturarle mejor. Pero comprendí que las cosas en caliente es mejor no pensarlas. Su reacción fue del todo incívica, al bajarse de su furgoneta, tiró un cigarrillo al suelo y se dirigía hacia mí con una botella de whisky en la mano. Al dirigirse a mí, me dijo: "Tranquila mujer, estas cosas suelen pasar, ¿verdad? " Me produjo ciertas arcadas ese olor de alcohol el cual provenía de su boca y definitivamente decidí ignorarle al escuchar ese nivel tan vulgar que daba uso a su lengua.

Pronto llegó la policía , y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras  todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo , estaba allí paralizada , sobre el bulto ensangrentado que fue mi compañera, mirando con los ojos perdidos al joven que lo había matado, y cualquiera puedo imaginar mis sentimientos de tristeza, dolor y gran impotencia a la vez. No podía soportarlo, era demasiado para mí, la cuestión era ¿Por qué? ¿Por qué no he muerto yo? No merezco vivir, soy yo la culpable de todo esto, debo morir yo , no él, rogué a los cielos que hicieran un cambio, pero no recibí respuesta...No encuentro sentido al vivir sino es con él . Moriré ahogada entre mis saladas lágrimas de amor.

Ella guardó silencio hasta después del funeral. Cuando su marido descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bollos con chocolate en un bar. Desde el día del accidente no había podido dormir a causa de la ausencia del olor de su marido en la cama, le echaba tanto de menos...al levantar su maravillosa sonrisa, sus fallos, sus éxitos, cuando iba al baño y veía dos cepillos de dientes y saber que solo se emplearía uno era tan triste, no podía dormir porque no paraba de pensar en lo que él le había pedido un día antes del trágico accidente, tener un hijo. Pero lo que ella no le dio tiempo a decirle fue que ya estaba embarazada y en ese paseo de la tarde del accidente ella le dirigía a la tienda de ropa de bebés, para escoger la cuna juntos. 
Comprendió que nunca más compartiría ese sentimiento con nadie, ya que , fue único entre ellos dos , y que nadie le amaría tanto como él la amó, porque realmente uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Huída

Él era un hombre corriente, sencillo, cercano a los cincuenta años, alto y con alguna que otra cana. Sus oscuros ojos azules destacaban en su rostro por encima de todo. Sus facciones eran propias de una persona seria, pero una ligera sonrisa delataba su buen humor. No era muy confiado, sólo mostraba su interior  con su mujer. Llevaban muchos años acumulados de discusiones y reconciliaciones que habían reforzado el amor que se tenían entre los dos. Él no lo demostraba con palabras, era más de hechos. Murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso de cebra. 

Los dos se disponían a cruzar la calle cuando el semáforo cambiara de color pero de repente, un coche que contenía una música que resonaba desde segundos antes quiso acelerar antes de que el semáforo lo detuviese. El hombre, rápidamente, reaccionó cuando vio que el coche se aproximaba peligrosamente y empujó a su mujer hacia la acera, salvándola del impacto. Él, en cambio, no tuvo tiempo de retroceder y fue embestido contra el capó del coche. En medio de la calzada estaba hecho un guiñapo el hombre que había compartido con ella muchos años de existencia, y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte.

Cuando asimiló la realidad, el joven no cesaba de pedir disculpas a la mujer, aunque no la podía mirar directamente a los ojos, era incapaz. Ella, que inmediatamente después del golpe había ido al lado de su marido, lloraba sin parar, intentando hacer reaccionar a su cuerpo. El joven finalmente se sentó en la calzada junto a ella mientras llamaba a la policía para contarle lo sucedido, para entregarse como culpable de la muerte de aquel hombre. Pronto llegó la policía, y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo, la mujer estaba allí paralizada sobre el bulto ensangrentado que fue su compañero, mirando con los ojos perdidos al joven que lo había matado, y cualquiera pudo imaginar sus sentimientos.

En cuestión de segundos su rutinaria vida había dado un giro inesperado. Un vacío se apoderaba de su interior y no le permitía respirar con facilidad. La tristeza, la soledad y la impotencia invadían su corazón.  Quería expresar su rabia, todas las emociones que sentía y que necesitaba sacar fuera porque sino iba a explotar. Estaba rodeada de gente desconocida que quería escuchar sus penas para comprenderla mejor, aguantar su llanto, pero ella guardó silencio hasta después del funeral. Cuando su marido descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bolos con chocolate en un bar. Desde el día del accidente no había podido dormir. Se despertaba a cada hora llorando, soñando una y otra vez con lo que había sucedido. Las noches eran largas e interminables sin su marido al otro lado de la cama. Le echaba infinitamente de menos.

Huída

Marco, un gran hombre de 39 años, estaba casado con Ana Belén, una mujer cuidadosa y tímida, que amaba los animales y la casa. Él era una persona que destacaba tanto por su valentía y simpatía como por su amueblada cabeza. En conjunto eran una perfecta pareja que aparentaba felicidad constante y vivir en un mundo idílico.
Marco tuvo un trágico accidente el pasado martes. Murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso de cebra.

Según apuntan distintos testigos, el coche parecía ir a una velocidad superior a la permitida. Pero no destacan ese factor, sino que el conductor iba hablando por teléfono móvil. Marco murió porque intentó salvar a su mujer. El accidente pasó en 3 segundos. Ana Belén no reaccionó y acabó en medio de la calzada, hecho un guiñapo, el hombre que había compartido con ella muchos años de existencia, y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte.

Era un hombre bajito y rechoncho, con el pelo oscuro y con los ojos más grandes y abiertos que se hayan visto. Supongo que por el hecho de ver tumbado y muerto a un héroe, y muerto por su culpa.

El asesino no podía parar de mirar a la mujer mientras esta lo observaba atenta y desconsoladamente. El conductor se quedó inmóvil, como si no creyese nada de lo que estaba sucediendo. Pronto llegó la policía, y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo, la mujer estaba allí, paralizada, sobre el bulto ensangrentado que fue su compañero, mirando con los ojos perdidos al joven que lo había matado, y cualquiera pudo imaginar sus sentimientos.

Las lágrimas constantes que inundaban sus ojos y manchaban su camisa expresaban todo el dolor y el odio que corría por sus venas. Al lavarse las manos ensangrentadas por acariciar el cuerpo de su marido recordaba cómo la vida fluye y no se puede hacer nada por detener a la muerte.

Debajo de esas lágrimas por el dolor de perder a una persona con la que ella había compartido la vida, se escondía un gran secreto aunque ella guardó silencio hasta después del funeral.
Cuando descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bollos con chocolate en un bar. Desde el día del accidente no había podido dormir pensando en el pobre conductor, el cual no tenía la culpa de nada, ya que había sido ella la causante del accidente. Ana Belén confesó a su amiga que ella misma le había empujado, no aguantaba ni un segundo más a aquel hombre perfecto, estaba cansada de vivir en un paraíso, sin aventuras ni emociones fuertes. Ella era la verdadera asesina.


Clàudia Merlos

domingo, 16 de octubre de 2011

Muere una joven en un tranquilo pueblo andaluz

Los hechos sucedieron en un pequeño pueblo de la comarca debido aparentemente a un desengaño amoroso.

La joven llamada Adela se suicidó el pasado domingo en su propia casa después del presunto asesinato del hombre que resultó ser su amante, con el cual había mantenido una estrecha relación sentimental a pesar de que éste se iba a casar con su hermana mayor, enferma y con poco tiempo de vida.

El asesinato no ocurrió en ningún momento ya que, según la madre, erró el tiro. Esta testificación, ante la cual muchos se muestran aún incrédulos, fue la que la llevó directa a la cárcel acusada de tentativa de homicidio y peligro público, además de posesión indebida de armas de fuego.

En la casa, ahora más alegres que nunca pese al encarcelamiento de su madre y la muerte de su hermana, se respira un aire de libertad según la hermana mediana, que afirma haberse acostado con tres hombres en una semana. 

Los vecinos dicen que Bernarda nunca fue mujer de muchos amigos ya que su carácter dominante e inquebrantable se lo impedía pese que ella lo encontraba una indudable virtud.

Sus hijas menores testificarán en su contra el próximo sábado en el juzgado de la capital para conseguir por fin la libertad "eterna" según una de ellas.

Todas sus hermanas excepto una lamentan terriblemente la muerte de su hermana menor, a la cual pintan como la más querida de todas sin rencor ninguno...Como digo todas excepto una que se muestra confusa ante tan terrible situación.

Desde aquí mandamos el pésame a tan única familia, la familia de Bernarda Alba.

Texto escrito por Ferran Lucas.

Suicidio por amor de una joven

La muerte por amor de una joven ha hundido en el luto a un pequeño pueblo de Andalucía.

El pasado jueves día 31 de agosto, una historia de amor tuvo un fatal desenlace en un pueblecito de Andalucía. La joven difunta vivía un intenso romance con un apuesto muchacho, pero nadie en el pueblo sabía de su tierna historia ya que la familia estaba sumida en un luto porla muerte del padre de las cinco hermanas. Después de la defunción de éste, la matriarca de la familia prohibió a las cinco jóvenes la vida fuera de la casa.

La noche del día anterior, un malentendido entre la familia y la joven Adela acabó con el suicidio de ésta.El descubrimiento de la relación entre Adela y el joven por parte de la matriarca provocó una terrrible discusión entre la familia. Así, según testimonios cercarnos al hogar, aseguran haber escuchado un disparo de escopeta, el cual asustó de tal manera al muchacho que éste salió corriendo por todo el pueblo, aunque no resultó herido. Adela, al escuchar el tiro, creyó que su amado había resultado dañado o había fallecido, por lo que fue rápidamente a su cuarto y se suicidó mediante el ahorcamiento.
Aún y los sucesos ocurridos, la madre de la joven no ha querido hacer declaraciones, pero personas cercanas a la misteriosa familia aseguran que todas las hermanas y la misma madre siguen con el luto, y que la matriarca no desiste en su idea de no dejar respirar el aire puro de las calles a sus ahora cuatro hijas.

Y así acabó la romántica historia de amor de dos jóvenes queno podían ser descubiertos, con un amante con el corazón destrozado, cuatro hermanas encerradas en un luto que durará muchos años, con una madre que no da libertad a sus hijas y con una ilusionada joven fallecida.

Texto escrito por Núria Herrero.