miércoles, 9 de noviembre de 2011

Huída

Marco, un gran hombre de 39 años, estaba casado con Ana Belén, una mujer cuidadosa y tímida, que amaba los animales y la casa. Él era una persona que destacaba tanto por su valentía y simpatía como por su amueblada cabeza. En conjunto eran una perfecta pareja que aparentaba felicidad constante y vivir en un mundo idílico.
Marco tuvo un trágico accidente el pasado martes. Murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso de cebra.

Según apuntan distintos testigos, el coche parecía ir a una velocidad superior a la permitida. Pero no destacan ese factor, sino que el conductor iba hablando por teléfono móvil. Marco murió porque intentó salvar a su mujer. El accidente pasó en 3 segundos. Ana Belén no reaccionó y acabó en medio de la calzada, hecho un guiñapo, el hombre que había compartido con ella muchos años de existencia, y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte.

Era un hombre bajito y rechoncho, con el pelo oscuro y con los ojos más grandes y abiertos que se hayan visto. Supongo que por el hecho de ver tumbado y muerto a un héroe, y muerto por su culpa.

El asesino no podía parar de mirar a la mujer mientras esta lo observaba atenta y desconsoladamente. El conductor se quedó inmóvil, como si no creyese nada de lo que estaba sucediendo. Pronto llegó la policía, y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo, la mujer estaba allí, paralizada, sobre el bulto ensangrentado que fue su compañero, mirando con los ojos perdidos al joven que lo había matado, y cualquiera pudo imaginar sus sentimientos.

Las lágrimas constantes que inundaban sus ojos y manchaban su camisa expresaban todo el dolor y el odio que corría por sus venas. Al lavarse las manos ensangrentadas por acariciar el cuerpo de su marido recordaba cómo la vida fluye y no se puede hacer nada por detener a la muerte.

Debajo de esas lágrimas por el dolor de perder a una persona con la que ella había compartido la vida, se escondía un gran secreto aunque ella guardó silencio hasta después del funeral.
Cuando descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bollos con chocolate en un bar. Desde el día del accidente no había podido dormir pensando en el pobre conductor, el cual no tenía la culpa de nada, ya que había sido ella la causante del accidente. Ana Belén confesó a su amiga que ella misma le había empujado, no aguantaba ni un segundo más a aquel hombre perfecto, estaba cansada de vivir en un paraíso, sin aventuras ni emociones fuertes. Ella era la verdadera asesina.


Clàudia Merlos

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