Manolo era un hombre de veintinueve años, alto, delgado y llevaba unas grandes gafas que le daban un toque muy personal. Se dedicaba al mundo del humor y cada vez actuaba más y su popularidad aumentaba. Hacía tres años que estaba casado con Raquel, una mujer maravillosa, y los dos estaban muy unidos. Él la enamoró gracias a sus chistes sarcásticos y estuvieron saliendo durante cinco años. Pero un día el destino rompió el amor. Manolo murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso de cebra.
En un abrir y cerrar de ojos pasó todo. Era de noche y la pareja venía de ver una película cuando un coche deportivo, descontrolado y a toda velocidad, lo arrolló unos cuantos metros hacia adelante. Raquel se quedó petrificada. No se lo podía creer. En medio de la calzada estaba hecho un guiñapo el hombre que había compartido con ella muchos años de existencia, y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte.
Era un hombre mayor y degradado por el alcohol y las drogas. Raquel lo miró con rabia. Iba bebido y el humo de tabaco se podía llegar a oler desde la otra calle. El culpable miró a la mujer, la cual estaba en estado de shock. Fue corriendo hacia ella y gritando con voz ronca le dijo que no había sido su culpa, que ellos se pusieron en medio… La mujer asustada por el tono del conductor gritó y un vecino llamó al número de emergencias. Pronto llegó la policía, y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo, la mujer estaba allí paralizada sobre el bulto ensangrentado que fue su compañero, mirando con los ojos perdidos al hombre que lo había matado, y cualquiera pudo imaginar sus sentimientos.
Sentía una mezcla de ira, tristeza e impotencia. El destino le jugó una mala pasada y ella no podía hacer nada. Por un momento pensó en la venganza, pero prefirió evitarla. En un mar de lágrimas, viendo como un desgraciado hizo que dejara de existir el hombre de su vida, cayó en una fuerte depresión. Al día siguiente en casa, desesperada, no sabía qué hacer. Volvió a sentir ese deseo de vengarse y esta vez fue diferente. Deseaba su muerte. Desde ese día decidió que ese hombre no merecía la vida pero ella guardó silencio hasta después del funeral. Cuando su marido descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bollos con chocolate en un bar.
Desde el día del accidente no había podido dormir, Raquel le explicó todo lo que sentía, y lo mal que lo estaba pasando. No descansaba desde hacía días porque siempre soñaba en el accidente. Parecía tan real que sufría cada vez más y su ira cada vez era mayor. Cuando le explicó lo que quería hacer, la amiga quedó realmente sorprendida. Le dijo que no estaba bien y que no lo podía hacer. Pero ya era tarde, Raquel iba a ejecutar su plan esa misma noche, estaba decidido.
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