Él era un hombre corriente, sencillo, cercano a los cincuenta años, alto y con alguna que otra cana. Sus oscuros ojos azules destacaban en su rostro por encima de todo. Sus facciones eran propias de una persona seria, pero una ligera sonrisa delataba su buen humor. No era muy confiado, sólo mostraba su interior con su mujer. Llevaban muchos años acumulados de discusiones y reconciliaciones que habían reforzado el amor que se tenían entre los dos. Él no lo demostraba con palabras, era más de hechos. Murió atropellado cuando iba del brazo de su mujer cruzando un paso de cebra.
Los dos se disponían a cruzar la calle cuando el semáforo cambiara de color pero de repente, un coche que contenía una música que resonaba desde segundos antes quiso acelerar antes de que el semáforo lo detuviese. El hombre, rápidamente, reaccionó cuando vio que el coche se aproximaba peligrosamente y empujó a su mujer hacia la acera, salvándola del impacto. Él, en cambio, no tuvo tiempo de retroceder y fue embestido contra el capó del coche. En medio de la calzada estaba hecho un guiñapo el hombre que había compartido con ella muchos años de existencia, y ahora bajaba del coche el culpable de su muerte.
Cuando asimiló la realidad, el joven no cesaba de pedir disculpas a la mujer, aunque no la podía mirar directamente a los ojos, era incapaz. Ella, que inmediatamente después del golpe había ido al lado de su marido, lloraba sin parar, intentando hacer reaccionar a su cuerpo. El joven finalmente se sentó en la calzada junto a ella mientras llamaba a la policía para contarle lo sucedido, para entregarse como culpable de la muerte de aquel hombre. Pronto llegó la policía, y enseguida apareció el furgón del atestado, mientras todas las bocinas del atasco sonaban y los peatones formaban un corro ante el espectáculo gratuito. Con la sábana cedida por una vecina, alguien cubrió el cadáver, que aún asomaba los pies desnudos por debajo. Durante un tiempo, la mujer estaba allí paralizada sobre el bulto ensangrentado que fue su compañero, mirando con los ojos perdidos al joven que lo había matado, y cualquiera pudo imaginar sus sentimientos.
En cuestión de segundos su rutinaria vida había dado un giro inesperado. Un vacío se apoderaba de su interior y no le permitía respirar con facilidad. La tristeza, la soledad y la impotencia invadían su corazón. Quería expresar su rabia, todas las emociones que sentía y que necesitaba sacar fuera porque sino iba a explotar. Estaba rodeada de gente desconocida que quería escuchar sus penas para comprenderla mejor, aguantar su llanto, pero ella guardó silencio hasta después del funeral. Cuando su marido descansaba bajo tierra confesó su emoción a una amiga mientras ambas compartían bolos con chocolate en un bar. Desde el día del accidente no había podido dormir. Se despertaba a cada hora llorando, soñando una y otra vez con lo que había sucedido. Las noches eran largas e interminables sin su marido al otro lado de la cama. Le echaba infinitamente de menos.

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